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El Blog del Padre Rafa

San José y Sartre

por | Mar 23, 2021

En una de sus cartas escritas a Simone de Beauvoir, su compañera, Jean Paul Sartre le había dicho: “Seguramente tengo talento como autor dramático: he escrito una escena del ángel que anuncia a los pastores el nacimiento de Cristo que ha dejado a todos sin respiración”… y no estaba equivocado.

Corría el año de 1940 cuando Francia estaba bajo la ocupación Nazi y Sartre, soldado francés, cayó prisionero de los alemanes en el Stalag 12 D. Con él también cayeron varios sacerdotes. Para esos años Sartre ya era un ateo confeso, había escrito “La Nausea” y no ocultaba su rechazo a cualquier expresión de fe y especialmente a la cristiana. 

Es precisamente en este cautiverio donde acontecerá, en la navidad de ese año, un episodio muy especial en la vida de este filósofo existencialista francés. Episodio que lastimosamente ha sido muy poco divulgado. Fue su comprensión, desde el arte dramático, de la navidad, no como fiestas, regalos y felicitaciones, sino como fuente de esperanza y transformación de la existencia.

En el cautiverio, Sartre abre una grieta literaria en el muro de sus convicciones. Contribuyen a la apertura de esa grieta la amistad y el dialogo con los sacerdotes. Como prisionero va a sentir la necesidad de ofrecer a todos un aliento de esperanza con su obra teatral Barjona, la cual recibirá más tarde grandes elogios de la Iglesia Francesa por cuanto significa como obra dramática, pero también por cuanto pudo conmover a los prisioneros que la interpretaron. 

Su intencionalidad fue muy clara: “Deseo, simplemente, de acuerdo con los sacerdotes prisioneros, encontrar un tema que pueda hacer realidad, en la noche de navidad, la unión más amplia posible entre cristianos y no creyentes”.

En la obra teatral, el protagonista del relatoes un jefe zelote que decide conducir a su pueblo a la autoextinción, dado que no hay posibilidad de rebelarse contra la tiranía de Roma, y obliga a todos a dejar de reproducirse, para no traer al mundo nuevos siervos. El conflicto surge cuando su mujer Sara, que acaba de saber que está embarazada, se niega a sacrificar la nueva vida en curso. Este es el contexto en el que Sartre sitúa la escena navideña como una fuente radical de esperanza. Será el rey mago Baltasar, interpretado por el propio Sartre en la función del campo nazi, quien convenza a Barjona de la importancia crucial de la esperanza: “Cuando hemos visto esa estrella en el cielo nuestro corazón ha vibrado de alegría, como el de los niños. Nos hicimos como niños y nos pusimos en camino porque queríamos cumplir con nuestro deber de hombres, que es esperar. El que pierde la esperanza, Barjona, ése será expulsado de su pueblo, será maldito y las piedras del camino serán más duras para él y los espinos más hirientes (…) Pero, para aquel que espera, todo serán sonrisas y el mundo le será dado como un regalo”. Y su esposa Sara completará la reflexión: “Te amo, Barjona. Pero compréndeme. Allí hay una mujer feliz y plena (María), una madre que ha dado a luz por todas las madres y lo que ella me ha dado es como un permiso: el permiso de traer mi hijo al mundo”.

Finalmente,Barjona se convencerá, aceptará la fuerza de la Gracia y no solo no matará a ese niño y a su esperanza, como inicialmente pretendió, sino que dará su vida para frenar a los soldados de Herodes y que la sagrada familia pueda escapar.

Este relato sucinto de lo esencial de la obra de Sartre, que recoge muy bien su intencionalidad, nos pone de presente que cuando se trata de la colaboración de creyentes y no creyentes en la lucha por un mundo nuevo, lo que importa es precisamente lo que unos y otros tienen en común. Qué bueno poder identificar, desde esta perspectiva, aquello que unifica los comportamientos de Barjona y de José de Nazaret. La lucha armada del primero no fue menos necesaria que los pacíficos cuidados del segundo para conseguir que Jesús sobreviviera. Ojalá podamos establecer la raya de la separación no entre los que creen y aquellos que no creen, sino entre los que someten a los pueblos y aquellos que padecen este sometimiento. Al parecer es una raya que atraviesa a Colombia de norte a sur y de oriente a occidente. No busquemos lo que distingue a José Nazareth de Barjona. Miremos lo que los identifica.

Para el caso nuestro, nosotros admiramos a Enrique Grau, Alejandro Obregón y Fernando Botero y lo hacemos no por lo que los distingue sino por lo que los identifica. Ellos nos agradan no por lo que tienen de diferente, sino por lo que tienen de parecido, es decir, por lo que los tres tienen de genial. Que Barjona y José de Nazareth nos sigan enseñando que el nacimiento del Dios hecho hombre funda no solo la confianza en el valor de la vida, sino que además nos enseña que vale la pena vivir, e incluso traer hijos al mundo más allá del mal y las injusticias.