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El Blog del Padre Rafa

La “dimensión perdida” de la Justicia

por | Abr 11, 2021

Al interior de nuestra sociedad nos encontramos con modelos de conducta que, explícita o implícitamente, van configurando nuestro ser y nuestro actuar. Son modelos que determinan nuestra manera de actuar.

Pensemos, por ejemplo, en el ordenamiento jurídico que nos regula donde la convivencia social está claramente determinada por una estructura legal que depende, por lo general, de esa visión que tengamos del hombre y la mujer.

Esta sociedad, pluralista, nos lleva y nos exige el consenso práctico (ponernos de acuerdo en lo esencial) y construir acuerdos (concurrencia de voluntades) para hacer posible, algo tan esencial, como es la convivencia. Es, justamente aquí, donde se configura un ideal jurídico de ciudadano, portador de unos derechos y sujeto de unas obligaciones. Ideal que se irá imponiendo con fuerza de ley entre nosotros.

Pero este ordenamiento jurídico, tan necesario en una nación como Colombia donde la falta y el quebrantamiento de las reglas de juego ha traído consigo la violencia, no alcanza a comprender de manera adecuada la vida concreta de cada hombre y de cada mujer en toda su complejidad, fragilidad y misterio.

Nuestro ordenamiento jurídico trata de medir con justicia a cada hombre y a cada mujer, pero difícilmente puede tratarlos en cada situación como un ser concreto que vive y padece su propia existencia de una manera única y original.

Por eso, aunque la ley sea justa, su aplicación puede ser injusta si no es capaz de atender a cada persona en su situación única.

¡Siempre será muy cómodo juzgar al otro desde criterios muy seguros! Hay gente de bien y gente indeseable; personas con solvencia y otras “con antecedentes penales”; bienhechores de las obras sociales y malhechores que acaban con ellas…

Qué fácil es apelar al peso de la ley para condenar a quienes tienen dificultades para vivir integrados en nuestra sociedad, conforme a la “ley del ciudadano ideal” (hijos sin hogar, jóvenes pandilleros; niños reclutados; habitantes de calle; drogadictos sin remedio; ladrones sin posibilidad de trabajo; prostitutas sin ningún amor y esposos fracasados en su matrimonio…).

No hay que condenar a los demás desde la pura objetividad de una ley. Se hace necesario comprenderlos desde nuestra propia conducta personal. Más que condenas necesitan ayuda y rehabilitación. Dejo algunas preguntas sueltas para interiorizarlas: ¿Los criminales encarcelados si son tan criminales como los juzgaron y nosotros somos tan honrados como suponemos? ¿Cuándo leemos la página de sucesos de El Universal nos preguntamos si tenemos algún grado de responsabilidad con los crímenes cometidos? ¿Cartagena puede ver bien con sus ojos empañados? ¿Cómo unir los principios de las libertades básicas, que siempre están asegurados, con ese otro principio de la diferencia, tan ausente entre nosotros? San Pablo enseña: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. ¿Cómo vivir todo esto ante Dios?

*Director del PDP Canal del Dique.